martes, 7 de septiembre de 2010

VANIDAD DE LA BELLEZA

Engañosa es la gracia y vana la hermosura: la mujer
que teme a Jehová, esa será alabada. PROV. 31:30


¿De qué te precias, belleza vana,
mujer estéril y vanidosa?,
¿de qué te sirve, divina rosa,
tener las manos de porcelana;
ojos divinos, faz de alabastro,
piel cincelada por la alba luna...
donde no existe mácula alguna,
¡donde se oculta fúlgido un astro!.


Eres, mujer, grácil y hermosa,
son tus pupilas bellos diamantes
y esa sonrisa tan luminosa
hace que luzcas siempre hechizante.


Vas por el mundo avasalladora,
la vanidad es tu áurea bandera,
tu eterno anhelo: ¡Ser la primera!,
¡luminiscente como la aurora!

Tan solo tierra y polvo es tu figura,
caduca vanidad es tu belleza,
sometes tu albo cuerpo a la bajeza:
lo enlodas en efímeras locuras.


Del mundo has elegido vivir entre delicias
pensando que el invierno no habrá de herir tu pecho;
con gula a tus amantes te ofrendas en el lecho
y das a todos ellos pletóricas caricias.


Esa virgen boca de selecta fresa,
que a los hombres ata, y en su red apresa,
perderá el perfume de su actual encanto;
no saldrá ante el tiempo para siempre ilesa,
ni ha de verse libre por el desencanto.


No confíes en las riquezas tan ingratas,
no te entregues por el lujo y las monedas,
por vestidos elegantes, de albas sedas,
que en ti nunca hallan palabras insensatas.

No confíes en los lenguajes lisonjeros,
de los hombres sus palabras embusteras,
que jamás serán veraces o sinceras:
¡no permutes tus caricias por dinero!

No confies en tu hermosura,
de tu rostro la blancura,
en tus dientes el marfil;
mira, pues, que tu sonrisa,
son las heces que desliza
albañal impuro y vil.


No concibas, ¡hay!, que tal vez eres el todo,
hasta la azucena más límpida y blanca
el hombre insensato del suelo la arranca:
¡hasta las gaviotas conocen el lodo!


Haz a un lado los placeres tan profanos,
no confies en el engaño de sus galas,
porque loco desvaría tu corazón.
Porque he visto a mariposas, que sin alas,
son, sin ellas, con justísima razón,
sólo viles y patéticos gusanos.


Tu que humillas al que habita en la pobreza
y detestas las arrugas del anciano,
¿No comprendes que también tu gran belleza
volará un día, aunque no quieras, de tus manos?.


¿Dime, tú, si eres prudente, si es que en ti hay leve cordura?:
¿ acaso no se marchita la flor blanca que da abril?,
¿no se gasta el mármol bello que da forma a la escultura?,
¿acaso la piel hermosa no se vuelve un día senil?.


Así tu belleza fugaz,
lo inmarcesible de tu tez,
tu transitoria y limpia faz,
marchitaráse alguna vez.

¿Qué será de tu existencia envejecida,
cuando sepas de orfandad y desamparo?,
cuando se haya consumido al fin tu vida
y no encuentras en el mundo nunca amparo.

Cuando la fortuna se te niegue
y la gloria dulce de tu frente,
que admirara tanto en ti la gente,
a cubrir tu cuerpo nunca llegue.

Cuando en ti ya no se encuentre la salud,
ni las fuerzas de tu antigua juventud,
cuando más ya no despiertes la lujuria
de los hombres y su pérfida maldad.
Cuando llegue a ti ese tiempo traicionero,
hallarás sólo en sus ojos odio y furia,
ó talvez, en uno de ellos, un rescoldo de piedad.


Hoy tu vida es como un místico capullo,
una rosa que no ha sido maltratada.
Lleno está todo tu ser de vano orgullo,
más tus penas llevarán de ti un murmullo,
cuando vieja, tu memoria sea olvidada.

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