CANTO DE DOLOR PARA UNA MADRE
¡Aquel hombre que pierde a su madre
Pierde patria, pierde vida, pierde padre!.
¡Qué gran gozo es para el hombre, en su niñez,
la dulzura incomparable de sus besos!,
¡ que relaja sabiamente nuestros huesos
y perdura, de la infancia a la vejez!.
La mujer, por ser mujer, es un tesoro,
mucho más si es una madre, es joya cara,
una luz que en las tinieblas nos ampara,
y nos rige en la existencia con decoro.
Por sus hijos, a un ideal siempre se aferra,
en un trance corre pronto en su socorro,
los protege, como lo hace fiel la perra,
que no quiere ver perdido a algún cachorro.
Yo también tuve hace poco su cariño
que me diera con estima siendo un niño,
su aura dulce sobre mí resplandecía
y su cándida presencia en mi fluía.
Aún recuerdo aquellos años de mi infancia,
en los cuales, dormitaba en su regazo,
cuando el mundo era bendito entre sus brazos,
esos brazos que estrechábanme con ansia.
¡Aquel hombre que pierde a su madre
Pierde patria, pierde vida, pierde padre!.
Yo he perdido para siempre ese tesoro,
de cariño sustancial e incomparable,
al pensar en su semblante inconsolable,
su recuerdo me lacera y rompo en lloro.
Fue una noche, en que miré con frustración,
el cadáver de mi madre, tenso y frió;
¡esa noche calapsó mi corazón,
me quede como un cadáver tan sombrío!.
¡Cuánto sufro al confundirte, (así me dijo)
y no pienses que sollozo por mi vida;
es por ti, pues bien comprendo que te aflijo,
al brindarte mi postrera despedida!.
Sé que voy al viaje triste al más allá
y la muerte, te aseguro, no me pesa,
porque aquel que en Cristo muere pronto va,
hasta el sitio donde el llanto por fin cesa.
No maldigas, convirtiéndote en un ruin,
tú procura dar cariño a quien amares.
No reniegues de la muerte, pues da fin,
a la angustia que nos hiere con pesares.
Hoy me lloras, porque habré ya de morir
y me besas con afán las blancas sienes.
¿recibimos del señor todos sus bienes,
y la muerte no tendremos que sufrir?.
Mira el trigo, que en el campo el viento mece
y se extiende, derramando su semilla;
en un mes su tallo fresco reverdece,
mas al otro, el campesino hábil lo trilla.
Al morirse, me dio un beso en el mentón,
porque el alma de su cuerpo ya volaba,
de sus labios oraciones escapaban,
yo quedé desconsolado en un rincón.
De esa noche, yo procuro no acordarme,
cuando el llanto me fatiga con excesos,
quiero ser otra vez niño y sus besos
¡recibirlos cuanto tengo que acostarme!.
AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)
AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)
No hay comentarios:
Publicar un comentario