sábado, 11 de septiembre de 2010

EL DIVORCIO DE LUCRECIA

¡Qué infeliz y desdichada estás Lucrecia,
tramitando en el juzgado tu divorcio!,
disolviéndolo al igual que un mal consorcio,
la tristeza en el semblante se te aprecia.
Llena estás de desconsuelo y decepción,
porque todo en esta vida se deprecia,
y a tu afecto, no lo libra hoy la excepción.

Tu calvario soportaste con firmeza
y el dolor fue tu más grande patrimonio;
todo hiciste por salvar tu matrimonio,
¡ese mismo que hoy se lleva la tristeza!.

Fueron años, esperando que la dicha,
se asomara con gran júbilo y comparsa,
pero en ellos sólo hallaste la desdicha,
comprobando que su amor era una farsa.

¿Dónde están, esos fantásticos detalles
que aquel hombre te mostrara en otro tiempo,
cuando fuiste en su existencia un puro templo,
¡cuando loco te besaba por las calles!.

¡Oh qué hermosas las primeras diez semanas!,
...a pesar de que la vida era algo incierta,
pero cuando la pobreza abrió la puerta
¡el amor salió fugaz por la ventana!.

¡Qué dichosa te mirabas en la iglesia!,
llena entonces de ilusiones y alegría,
¡sin saber que en el futuro desearías
refugiarte melancólica en la amnesia!.

Al principio, bien lo sé, quiso el hombre
deslumbrarte con su amable y fino trato,
prometiéndote una hacienda de renombre
y obsequiándote un sin fin de anillos caros;
pero luego, como suele hacer el gato,
descubrió sus uñas largas, con descaro
y un cinismo que no tiene al punto nombre.

Al principio, sólo fueron besos tiernos
y una serie interminable de apapachos,
demostrando estar sin duda enamorado;
pero luego, se mostró tan enfadado,
¡como suelen en la vida ser los machos!,
¡convirtiendo el paraíso en un infierno!.

¿Para qué dar más detalles, Oh, Lucrecia,
de este tema bochornoso que desprecias?.
Mas, espero, que te alegres al saber,
que este trago tan amargo ha de beber
cualquier fémina, sea de España, o bien de Grecia.

AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)

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