viernes, 17 de septiembre de 2010

LA REBELIÓN DE EVA

Lo que voy ahora a narrarles, no es leyenda,
no es embuste, ni se piense que es patraña;
es un caso que escuché en tierras extrañas,
ojalá que usted, mi amigo, lo comprenda.

Seré breve, como dicen los catrines,
cuyo estudio muy extenso les fue pena,
y entre el sol y la fragancia de jazmines,
trataré que mis historias sean amenas.

Pues, hay tiene usted la anécdota, mi amigo:
conocí ya hace algún tiempo a Don Rodrigo.
Aquel hombre que en mi historia yo refiero,
tuvo haciendas por las tierras michoacanas,
era dueño de novillos -muchos fieros-,
que envidiaron las haciendas queretanas.

¡Qué decir de aquellas huertas de manzanas,
donde el oro de las mismas relucía;
las hectáreas de maizal oscuro y blanco!,
¡qué decir de aquellas cuentas en el banco
y las acres de dulcísimas sandías!.

Sea paciente, que lo bueno apenas llega,
se lo narro mientras vamos a esa vega.
El tesoros de su vida halló en Sayula,
(tierra aquella de folclor y serenatas),
mujer linda, con su faz de ebúrnea plata,
¡la hembra aquella era elegante y rete chula!.

Sí, Señor, pues la mujer era un tesoro
y un regalo que la vida le dio honrosa
y porque era refinada y hacendosa,
la adoraba como el rico quiere al oro.

Pero… estése ya tranquilo en su lugar,
que lo bueno voy apenas a contar.
Pues, resulta, que ya andando algunos años,
(como pasa casi siempre, buen amigo),
aquel guerco afortunado, Don Rodrigo,
empezó con sus andanzas, sus engaños,
que a la dama comenzaron a inquietar.

La atención con su mujer se volvió tosca,
siempre hallando en la comida alguna mosca.
Según él, toda la casa era un desorden,
parecido al muladar de alguna tropa;
que no hallaba su escritorio nunca en orden,
ni olorosa de jabón toda la ropa.

con frecuencia se ausentaba de su rancho,
“a ayudar en sus labores a Don Pancho”,
un ranchero, del cual era buen compadre;
“que el perfume que su cuerpo desprendía
lo agarraba al despedirse de su madre”,
¡Doña Berta, que ya casi se moría!.

Al principio fueron sólo unos rumores
de que el hombre no era fiel en sus amores.
Pero, fue un mes de septiembre, exhuberante,
que al marido halló en los brazos de su amante.

La tristeza le estrujaba el corazón,
por haber hallado al hombre en tan mal hecho.
Nada dijo, y pensó entonces, por despecho,
en pagarle con la misma cruel traición.

Y empezó, como se dice, desde ceros,
a enredarse con un sórdido vaquero,
de mirada lujuriosa y torvo aspecto.
Por vengarse del agravio siempre lo hizo,
porque aquel en sus amores no fue recto
y sus pobres ilusiones las deshizo

El asunto a todas partes fue parar.
De los peones, pasó el chisme al tabernero,
y de aquel, a un hacendado, su enemigo,
que en amores de la dama fue el primero.
Finalmente, llegó el chisme a Don Rodrigo,
Que, celoso, comenzó a la Doña a espiar.

Fue un verano muy bonito, y caluroso,
cuando el aire nos refresca, silencioso,
que a la dama, con su amante al fin halló.

Fue la rabia que enloquece en tales casos,
lo que hizo decidir a Don Rodrigo
ultimar a los infieles a balazos,
sin haber más que un mezquite por testigo.

El amante, quedó muerto a pocos pasos,
más la dama, que se hallaba a punto fijo,
con la sangre resbalando por sus brazos,
con lenguaje melancólico le dijo:
                                                          
¡Como olvidas los engaños
y el dolor de las afrentas
que me hiciste en tantos años,
acostándote con ricas
citadinas y sirvientas!;
porque un macho siempre has sido,
mujeriego empedernido
que de toda fruta picas.

¿Porqué irradian tus furores
y se cambian los colores
en tu rostro ayer calmado,
al crepúsculo lo imantas.
Si venimos hoy a cuentas
mis traiciones no son tantas,
más las tuyas, tal vez cientas.

Eso es todo lo que dijo,
se murió ella perdonando,
mil plegarias recitando,
con su rostro al cielo fijo.

Cuentan muchos, que perdón él le pidió
y que estando ella con vida, le dio un beso,
que Rodrigo fue a la cárcel a dar preso
y olvidado, como un paria falleció.

El relato que he contado no es patraña,
ni es un cuento que la gente ha difundido;
es un caso que yo supe en tierra extraña,
¡ojalá que su mensaje haya entendido!
   
AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)

No hay comentarios:

Publicar un comentario