En la cima inhóspita de la montaña,
se yergue soberbia, y a la vez huraña,
un ave terrible, que en su magno vuelo,
una negra sombra en combate semeja
y a su paso invicto y colérico deja,
su figura impresa en el rocoso suelo.
Emerge siniestra, volando de un nido,
batiendo perversa sus alas veloces,
lanzando estridente sus gritos y voces:
Sus cantos de guerra en el aire temidos.
Un hombre contempla su imagen, que inquieta,
en círculos viaja en el cielo peruano;
el ave invencible, de rostro inhumano,
parece en las nubes un hábil atleta.
Sus garras son fuertes, sus ojos rapaces,
sus plumas ilustres, que brillan intactas,
los rayos del sol como espejos refractan.
El cóndor sagrado las nubes galopa
como un aguerrido soldado de tropa.
La tarde ataviada de rojo declina
y el cóndor, jadeante y cansado regresa,
al nido que se haya en la agreste colina,
llevando en su pico aguzado una presa.
Lo espera impaciente su mística cría
que bate algo torpe sus frágiles alas,
intuye que el tiempo es de fechas tan malas,
que el cóndor por ella no come en dos días.
El hambre es terrible y la presa aún escasa,
no obstante, la suerte le brinda su ayuda,
pues vuelve a su nido en la cumbre desnuda
llevando de nuevo al polluelo más caza.
Su vista en el valle sinuoso se centra
y vuela los cielos con cierto temor,
pues sabe que abajo se encuentra
el arma escondida de algún cazador.
Existe, por cierto, una calma absoluta,
que sólo el gemir de los vientos enluta.
De pronto, se escucha en el aire un sonido,
que emula el fragor de un feroz resoplido.
Al punto, el dolor de una herida ,
por toda su entraña se extiende;
el ave, hasta entonces, comprende
que en vano se aferra a la vida
El cielo radiante y azul es testigo
del duelo que aflige a su vástago amado,
el cóndor perece en un frío congelado
teniendo a las nubes como único abrigo.
¿Qué suerte infructuosa a su cría fiel aguarda
en ese recinto de magno dolor?,
en donde la muerte es segura y no tarda,
lugar favorito del cruel cazador.
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