sábado, 11 de septiembre de 2010

EL PERRO GUARDIAN Y EL LOBO

Un gran lobo, pusilánime y perverso,
deambulaba por montañas y colinas,
anhelando hallar un rancho con gallinas,
que sirvieran de ración en el almuerzo.

Y de pronto, cuando el día estuvo avanzado,
y empezaba poco a poco a desmayar,
vio de cerca un gallinero abarrotado
con las aves que deseaba él encontrar.

El dantesco y sutil lobo, alzó la cola
y avanzó con decisión hasta el encierro,
no mirando que a la entrada había un gran perro
que sarcástico le dijo: “¡que tal, hola!”.

Reponiéndose del susto el fiero lobo
y ocultando su deseo de oscuro robo,
dijo al perro, con franqueza, lo siguiente:
- ¿Por qué luces el aspecto que en ti veo,
pues te miro en verdad gordo y muy, muy fuerte?;
¿en qué estriban las labores de tu empleo?,
¿de quien eres esforzado y leal sirviente?

- ¡Oh, yo cuido valeroso y fiel la casa!,
- Dijo el perro, dándose humos de importancia,
- soy guardián “de esta mansión” desde mi infancia:
¡Nadie aquí mi grande oficio sobrepasa!.

- Mi comida es abundante y deliciosa,
la covacha donde duermo es espaciosa
y mi dueño es gentilísimo conmigo.
- ¡Pues qué cómoda es tu vida, perro amigo!,
- dijo el lobo, fascinado por la idea.
- ¿Es posible que también yo realizará esas tareas?,
- ¡Ya lo creo!, ¡apuesto yo que sí podrías!,
- Respondió el perro guardián con ironía.

De manera totalmente inesperada,
aquel lobo vio en el perro una pelada,
a la altura de su fuerte y amplio cuello.
- ¡Caracoles!, ¿que carambas es aquello?,
- Dijo el lobo, con su voz poco serena.
- ¡Ha!, ¿esto, amigo?, - dijo el perro con tristeza-,
es el sitio más cercano a mi cabeza
y así luce porque mi amo me encadena.

-Pues, entonces, -dijo el lobo a aquel guardián-,
tu trabajo no se mira amenazado,
pues prefiero verme libre, sin un pan,
que estar gordo, ¡pero siempre encadenado!.

AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)

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