jueves, 16 de septiembre de 2010

EL BORRICO SABIO

 Cierta vez, el Señor león abrió una escuela,
 a la cual muchos alumnos asistían:
 desde el oso, la avestruz y la gacela,
 hasta hienas que sarcásticas reían.

 De toda esta meritoria camarilla,
 -de vivaz e inigualable inteligencia-,
 destacaba un zorro astuto, de alta ciencia,
 tres mastines, un cotorro y una ardilla.

 Los alumnos progresaban con el tiempo,
 demostrando sus virtudes sorprendentes
 y la escuela de Don León era un ejemplo
 que admiraron sorprendidas muchas gentes.

 Orgulloso el Profesor del resultado
 y observando su trabajo prosperado,
 más alumnos en la escuela no admitió.
 Todo estaba concluido, pero un día,
 un borrico vivaracho y muy risueño,
 sus respetos al maestro presentó.
 - ¿Qué deseaba?, dijo el león con cortesía,
 a la vez que saludando sonreía.
 - Pues, vera, - le respondió él con mucho empeño-,
 - Hace tiempo que acaricio como en sueños
 aprender Ciencia Social y astronomía.

 El conjunto más selecto de estudiantes,
 conformado por los perros, el cotorro,
 la ardillita saltarina y el gran zorro,
 lanzó risas e improperios denigrantes.

 - ¿Qué les causa tanta risa, que al mirar
su algazara, confundido me sorprendo?,
- preguntó fiero Don León, con grave aspecto.
- Nos reímos,  - dijo el zorro, casi riendo-,
de que un burro, con cerebro vil de insecto,
su talento, quiera tonto superar.
                                               
- Este zorro es un patético ladino,
más imbécil,  que cualquier banal porcino,
- pensó el león, de una forma muy severa.
Viendo al asno se expresó de esta manera:
- Desde hoy asistirás a  toda clase,
sé que tienes diminuta inteligencia;
sin embargo, si persistes con paciencia,
es probable que a otro grado pronto pases.

El borrico comenzó a la escuela a ir,
observándose una total dedicación;
aprendiendo, y procurando siempre oír
el detalle de cualquier explicación.

Llegó, pues, el fin de cursos, y Don León,
llamó entonces a dos sabios de la Grecia,
eruditos, que al placer turbio desprecian
y aman todo lo que rige la razón.
                                               
Uno a uno fue pasando ante el jurado,
para ser por esos doctos cuestionado.
El borrico, con la cola desmayada,
no acertando en absoluto a decir nada,
presentóse ante los sabios y Don León,
que curiosos, querían ver su situación.

¡Qué mayúscula fue en todos la sorpresa!,
cuando oyeron al asnito contestar
las preguntas con magnífica entereza.
¡Oh qué juicio demostraba al razonar!,
comprobando que era un ser inteligente.
Baste a ustedes el saber que aquel jurado,
le dio al asno la alta nota de EXCELENTE,
que jamás nadie en el colegio había logrado.

Orgulloso de su alumno, el Señor León,
saturado de mayúscula emoción,
exclamó con apologética elocuencia,
señalando al borriquito con su diestra:
contemplad  la colosal obra maestra
que ha fraguado en sus talleres la paciencia

Un aplauso se le dio al asno prudente,
que abrazaba  a todo el mundo diligente
La ardillita se escondió tras el cotorro,
que fingía no interesarle lo ocurrido;
mientras tanto, se escuchó decir al zorro
¡qué tragedia en esta tarde hemos vivido!.

De los seres que en astucia no son ricos,
no se burlen, aunque en todo mal se vean,
los que tienen intelecto y no lo emplean,
en la vida son realmente los borricos.

AUTOR: ALBERTO ANGEL PEDRO (ALÁN EVANGELISTA)

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